«Volé en la avioneta muchas veces junto a Pascuale y Gianfranco, y me congratulo de haber compartido cone llos momentos encantadores, repletos de alegría a decenas de pies de altura.
Desde la primera vez, me percaté de cuánto Pascuale disfrutaba volar; además, de la inmensa responsabilidad que contraía, así como de la seriedad y la profesionalidad con que asumía su función de piloto, sobre todo si lo hacía con la familia -su mayor tesoro- a bordo.
El amor por la aviación se transmitió de manera natural de padre a hijo, nadie se lo impuso a Gianfranco, él adoraba recorrer las alturas junto a su padre, se consideraba un joven realizado y feliz.
Mis ángeles partieron para siempre haciendo lo que más les gustaba en esta vida: volar, y aprendieron a hacerlo con sus propias alas».
Mariagrazia.

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